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RUPERTO CADIZ, UNA QUEJA MAS ALLÁ DE LA APARIENCIA

Un envase impecable, que podría encasillarse dentro de una nueva figuración de fuerte tinte surrealista, sirve a Ruperto Cádiz para expresar su visión personal del mundo actual. Muchas veces, a través de un reparto serial en pequeñas escenas, que recuerda el de las historietas cómicas, nos entrega tanto hombres próximos a volverse máquinas, como maquinarias que se humanizan. Sobre el formato amplio de la tela, vestida con naranjas, amarillos, grises y azulosos, estos protagonistas adoptan actitudes muy dinámicas y se desplazan según un vertebrado ritmo plástico. Aunque encontremos una parcelación de las superficies en rectángulos, es el espacio celeste abierto hacia inmensidades nubosas, el soporte principal y el invasor constante en cada uno de los escenarios y actos de los héroes de Cádiz.

Además, bajo las apariencias de un tecnicismo riguroso que guía con sus mapas, signos indicadores y demarcaciones, los actores de estas pinturas poseen ánimos juguetones e inestables. Al igual que las figuras pequeñas, voladoras deportistas, los gigantescos personajes estáticos, con mucho de artefacto visceral y de satisfacción consumista, encarnan, con subterránea violencia, la humana capacidad de obrar tonterías de imprevisibles efectos.  Así aquí, las delicias presuntas de un progreso a toda costa no temen aceptar la evidencia de sombras bélicas. Sólo en raras ocasiones, estos protagonistas saben hacer rendir algo su espíritu y envían hacia el cielo, en vez de  naves espaciales, poéticas y blancas palomitas de papel.




Waldemar Sommer


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         La pintura de Ruperto Cádiz: en gran parte acrílico sobre papel, acuarelas y técnica mixta,  juega con la realidad – o mejor dicho, con objetos que conocemos.  Porque en este caso la “realidad” no es el mundo exterior a que podría referirse un artista en su obra,  sino que las imágenes que tenemos delante de nosotros.    Son lo que son – sin inferidas referencias a otros niveles emocionales, intelectuales o cognitivos.

Eso sí que casi en todos los casos subyace a la obra un dejo de humor seco. No nos hace reír, ni siquiera sonreír, pero las yuxtaposiciones de los objetos que nos presenta es siempre tan incongruente que nos sentimos partícipes en un juego no de ideas, pero de paradojas.  Un rasgo lúdico, pero solo un rasgo.

Cádiz toma los objetos de su preferencia: muebles, frutas, papeles, árboles, paisajes y muchos más y los rinde de una manera muy estilizada, de contornos duros y claros, de cantos firmes.  Sin embargo, los diversos fondos contra que suelen estar puestos, - normalmente bien reconocibles como cielos - son más bien diluidos,  manchas de color que se fusionan, lo que produce un contraste bien marcado con la mayor dureza de los íconos –. 

Y todo suele flotar en el espacio, sin orden o destino fijos.  Uno de sus temas favoritos, contenedores de las más diversas índoles, constantemente expelan su contenido, tan irregular como impredecible.   Plantas, letras, cintas, plantas, casas se desparraman en el espacio, para asumir sus formas de manera decidida, por pequeñas que puedan ser.  O bien pueden ser pequeños rectángulos que entonces juegan el rol de “cuadros dentro del cuadro”.

Especialmente atractivos son estos conjuntos de muebles – sofás, sillones – que se posan sobre un plano específico, una especie de isla, en el espacio, cual invitación de descansar en este viaje de la imaginación inagotable que es la pintura de Cádiz.   En “bodegón con paisaje otoñal” la naturaleza muerta: apetitosas manzanas, peras y manzanas de colores muy decididos, acompañados de una botella, puestas sobre una mesita – aparecen sobre un cuadrado plano que se sobrepone a otro con una perspectiva de uno de los paisajes típicos – de una sencillez aparente - del autor.

Son muy reducidos los casos en que aparece la figura humana en la obra de Ruperto Cádiz – y entonces es sólo un objetos pequeño más entre una gran masa de objetos diversos.  Puede ser un motociclista o una pequeña figura que se pierde mientras vuela en un cajón. – Quizás “Segismundo enamorado” sea el único caso en que un hombre obeso ocupe el centro de la escena; y entonces la imagen es de cierto modo humorística.  Curiosamente, solo en dos

  
obras de chimeneas comprimidas y humeantes de usinas, se encuentra un desnudo o una pierna insinuante de mujer: sería tarea de psicoanalista encontrar la rezón de semejante conjunto.

La fantasía creadora del autor – por extravagante y extraña que nos parezca – está bien anclada en lo que nos rodea.  No hay influencias surrealistas ni de experiencias oníricas: sus mismo colores luminosos y firmes niegan enfáticamente semejante parentesco.   Cádiz es Cádiz: inconfundible, reconocible a primera vista gracias a su temática de distribución sumamente personal; gracias a la vitalidad individual que adquieren en sus espacios los objetos a la vez emparentados y singulares en el espacio que constituyen su obra.

                                                                                                                             Pedro Labowitz


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          Un pintor profundo y original es Ruperto Cádiz. Con sus grandes pinturas cuadriculadas, con una ironía muy contemporánea. Sus novedosas criaturas de pura fantasía, aluden a la violencia de nuestros días y los excesos de la mecanización. Sus crucigramas en rosas, salmones y azulinos, nos invitan a descubrir sus seres minúsculos en sus celdas pulcramente pintadas. A pesar de la parcelación del cuadro, hay una unidad muy marcada en su secuencia historiada. Todo se amarra en una composición muy inédita y de delicado humorismo, de fina ironía, que aprovecha la “tiras cómicas” pero sin comprometerse directamente con el formalismo de Lichtestein y llegando a una alusión local.

RICARDO BINDIS

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Cádiz nos lleva a una obra de ficción y de tiempo presente, en cuya semiología citadina es posible adivinar una inquietud crítica, censuradora a un entorno que te desborda y contamina. La crítica y el enjuiciamiento forman parte central de su discurso estético. El escenario, la experiencia cotidiana, operan como pretexto, dando origen a una nueva entidad; la obra. En ese dominio el artista impone sus leyes y su creatividad. El arte es expresión de un momento y un paisaje cultural (Taine), pero también es una construcción del espíritu (Hegel). 


                                                                                                                      Pedro Emilio Zamorano








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